Lunes Santo (Id=247)
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Combate, Señor, contra los que
me atacan, pelea contra los que me combaten; ponte la armadura, toma el escudo
y ven en mi ayuda.Tú eres mi fortaleza y salvación.
Iúdica, Dómine, nocéntes me, expúgna impugnántes me: aprehénde arma et scutum, et exsúrge in adiutórium meum, Dómine, virtus salútis meae.
Oremos:
Concédenos, Señor, nueva fuerza para no sucumbir a nuestras humanas debilidades
con la fuerza de la pasión de tu Hijo. Que vive y reina contigo...
Amén.
No gritará ni hará oír su voz
en las plazas
Lectura del libro del profeta
Isaías
42, 1-7
Este es mi siervo a quien
sostengo, mi elegido en quien me complazco. He puesto sobre él mi espíritu,
para que manifieste el derecho a las naciones. No gritará, no voceará ni
clamará por las calles; no romperá la caña resquebrajada, ni apagará la mecha
que apenas arde.
Manifestará firmemente el derecho, y no se debilitará ni se cansará hasta
implantarlo en la tierra. Los pueblos lejanos anhelan su enseñanza.
Así dice el Señor Dios, que creó y desplegó el cielo, que extendió la tierra y
su vegetación, que concede vida a sus habitantes, y aliento a los que se mueven
en ella: Yo, el Señor, te llamé según mi plan salvador; te tomé de la mano, te
formé y te hice mediador del pueblo y luz de las naciones, para abrir los ojos
a los ciegos, para sacar prisioneros de la cárcel, y del calabozo a los que
viven en tinieblas.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
Sal 26, 1.2.3.13-14
El Señor es mi luz y mi
salvación.
Dóminus illuminátio mea et salus mea.
El Señor es mi luz y mi
salvación, ¿a quién temeré? El Señor es mi fortaleza, ¿quién me hará temblar?
El Señor es mi luz y mi salvación.
Dóminus illuminátio mea et salus mea.
Cuando los malvados se lanzan
contra mí para devorarme, son ellos, mis adversarios y enemigos, los que
tropiezan y caen.
El Señor es mi luz y mi salvación.
Dóminus illuminátio mea et salus mea.
Aunque un ejército acampara
contra mí, no temo; aunque me hicieran la guerra, me sentiría seguro.
El Señor es mi luz y mi salvación.
Dóminus illuminátio mea et salus mea.
Espero gozar los bienes del Señor
en la tierra de los vivos. Espera en el Señor, sé fuerte, ten ánimo, espera en
el Señor.
El Señor es mi luz y mi salvación.
Dóminus illuminátio mea et salus mea.
Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Señor Jesús, rey nuestro, sólo tú has tenido compasión de nuestras faltas.
Ave, Rex noster: tu solus nostros es miserátus erróres.
Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Déjala, esto lo tenía guardado para
el día de mi sepultura
† Lectura del santo Evangelio según
san Juan
12, 1-11
Gloria a ti, Señor.
Seis días antes de la fiesta judía de
la pascua, llegó Jesús a Betania, donde vivía Lázaro,
a quien había resucitado de entre los muertos. Ofrecieron allí una cena en
honor de Jesús. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa con
él.
Entonces María se presentó con un frasco de perfume muy caro, casi medio litro
de nardo puro y ungió con él los pies de Jesús; después los secó con sus
cabellos. La casa se llenó con la fragancia del perfume. Judas Iscariote, uno de los discípulos -el que lo iba a
traicionar- protestó diciendo:
"¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para
repartirlo entre los pobres?"
Si dijo esto, no fue porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón y,
como tenía a su cargo la bolsa del dinero común, robaba de lo que echaban en
ella.
Jesús le dijo:
"Déjala en paz. Esto que ha hecho anticipa el día de mi sepultura; además,
a los pobres los tendrán siempre con ustedes; a mí, en cambio, no siempre me
tendrán".
Un gran número de judíos se enteró de que Jesús estaba en Betania,
y fueron allá, no sólo para ver a Jesús, sino también para ver a Lázaro, a
quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes tomaron
entonces la decisión de eliminar también a Lázaro, porque, por su causa, muchos
judíos se alejaban de ellos y creían en Jesús.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
Celebrante:
En estos días de la pasión del Señor, recordando a Cristo, que en los días de
su vida mortal, con fuertes voces y lágrimas presentó oraciones y súplicas al
Padre, oremos también nosotros por todos los hombres y mujeres:
(Respondemos a cada petición: Escúchanos, Señor).
Para que el Redentor del mundo, que
se ofreció a la muerte por su rebaño, libre a la Iglesia de todo mal, roguemos
al Señor.
Escúchanos, Señor.
Para que el Redentor del mundo, que
oró con fuertes voces y lágrimas en la cruz, interceda ante el Padre por todos
los hombres y mujeres, roguemos al Señor.
Escúchanos, Señor.
Para que el Redentor del mundo, que
experimentó en la cruz la angustia y la tristeza, venga en auxilio de los que
se sienten agobiados por las propias culpas y les infunda confianza en su
perdón, roguemos al Señor.
Escúchanos, Señor.
Para que el Redentor del mundo a
nosotros, sus siervos, que recordamos con veneración su cruz, nos reanime con
la fuerza de su resurrección, roguemos al Señor.
Escúchanos, Señor.
Celebrante:
Que llegue a tu presencia, Padre, la oración de los que te invocan, y ya que,
en la pasión de tu Hijo nos has manifestado tu amor, haz que también lo
experimentemos al ver escuchadas nuestras oraciones.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
Mira, Señor, con bondad, este sacrificio
que tú instituiste misericordiosamente para reparar el daño de nuestros
pecados, y hazlo producir en nosotros abundantes frutos de vida eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
La victoria de la pasión
En verdad es justo y necesario, es
nuestro deber y salvación, darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre
santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro.
Porque se acercan ya los días santos de su pasión salvadora y de su
resurrección gloriosa; en ellos celebramos su triunfo sobre la soberbia del
demonio y renovamos el misterio de nuestra redención.
Por eso,
los ángeles te cantan con júbilo eterno y nosotros nos unimos a sus voces
cantando humildemente tu alabanza:
[Misa]
No te me ocultes, Señor, el
día de mi desgracia. Escúchame con bondad, y siempre que te invoque, respóndeme
en seguida.
Non avértas fáciem tuam a me, in quacúmque die tribúlor,
inclína ad me aurem tuam; in quacúmque die invocávero te, velóciter exáudi me.
Oremos:
Quédate, Señor, con nosotros, y protege con tu amor infatigable nuestros
corazones santificados por esta Eucaristía, para que podamos conservar siempre
las gracias que hemos recibido de tu misericordia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén
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